domingo, 26 de agosto de 2012


Quisiera decir que vivo en algún pueblo un poco perdido de Buenos Aires, un poco por poeta, un poco para no mentir cuando me vienen las ganas de escribir en letra courier, luego de haber leído un libro de un argentino de barrio.
La verdad es que era una noche de primavera, a pesar de ser pleno Agosto, en una casa a la mitad de la 339. Terminábamos de cenar y conversábamos de alguna cosa cuando ya me estaba preparando para ver dibujitos que solía ver en el año 2000 antes de ir a la escuela, pero mi mamá decidió darme vuelta los planes. En medio de risas, que ahora me parecen un poco malvadas, agarró un libro verde de la biblioteca a mis espaldas. Buscó un poema: "Pimpollo". Casi lo obligó a mi papá a que <le lea a la nena, que es re lindo> y aunque le dijo que no tantas veces como le fue posible, terminó por agarrar la página entre el índice y el pulgar.
El problema empezó cuando la cosa se puso sentimental, entre pimpollo esto y pimpollo aquello, yo no me aburría, pero estaba esforzándome por no llorar, sobre todo porque escuchaba la voz quebradiza de un hombre que intentaba lo mismo.
Esta clase de momento se sitúa casi a la misma escala que el canto del Feliz cumpleaños, en los que no sabés como comportarte. Totalmente humillante e innecesario, porque tu madre te manda al frente con un poema que sabía que iba a hacer emocionar hasta las medias a mi papá y al dichoso pimpollo en cuestión que es, por supuesto, la única hija mujer, nacida en abril, princesa desde las entrañas... de mis viejos, claro está.
Todos estamos callados, revuelvo los fideos con el tenedor, vuela un bichito hipnotizado por la luz, algunas lágrimas rebeldes se suicidan, saltan de mis ojos y se dejan aplastar sobre la mesa. 
No fue por el poema, no fue por el "No juegues con la vida, no juegues con el fuego" escrito por vaya a saber quién. Esa noche tibia de Agosto, sobre una calle de tierra de Buenos Aires lloraría por ver a mi viejo llorar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario